Por Cristo vivimos y damos buenos frutos

La vida eterna depende de Cristo, el es la vida en nosotros y todo lo que decidamos y hagamos debe ser producto de nuestra unión con él. La dicha o felicidad de la vida es algo que debemos anhelar, pero es en lo que también debemos comprometernos a través de la práctica diría de nuestra fe y en el desarrollo y cultivo de la vida cristiana.

“Por la voluntad de Dios y por su gracia decidió darnos vida a través de Cristo, nos unió a él con su Espíritu Santo para que permanezcamos para siempre en esta relación, por eso es por lo que como el dueño de una huerta también nos cuida, nos atiende y espera con gozo el día de la cosecha.”

No importando lo grande o pequeña que sean las ramas de los árboles, para mantenerse vivas y dando siempre frutos, necesitan estar unidas al tallo, así y sólo así pueden nutrirse, también pueden sobrevivir al calor y a los vientos. De la misma manera, Cristo quiere infundirnos vida y todo lo necesario para que nos desarrollemos, para que en nuestros roles diarios y en todo tipo de acción seamos exitosos, para que nuestra forma de vida honre a Dios y nosotros vivamos contentos y satisfechos.

Sólo aferrados por la fe en Cristo podemos dar los frutos esperados por Dios, frutos que Dios demanda y cosechará, pero que a la vez nosotros disfrutamos, porque la fertilidad como resultado de nuestra creciente relación con Cristo es deleitosa. Cristo es la fuente de nuestro sustento, por eso todos los días debemos prestar atención a nuestra comunión con él, si que esto sea una carga, pues finalmente es él quien nos sostiene y nos sustenta.

El trato de Dios para nosotros es una realidad en el propósito de santificarnos como sus hijos, para que todo lo que nos estorbe o nos impida producir lo quite. Es un proceso a veces doloroso e incómodo, pero es para nuestro bien. Sin embargo, el trato destructor es el juicio para quienes desprecian a Cristo, porque estos no serán gratos delante de Dios y tampoco Dios podrá cosechar buenos frutos de ellos. Usemos todos los recursos y medios de gracia que Dios en su misericordia nos ha dado, para que nuestra relación con Cristo sea más sólida y para que de ese modo la cosecha sea abundante.

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