Nueva vida en Cristo

Nuestro nuevo nacimiento es sólo obra de Dios, quien lo hace posible mediante el Espíritu Santo, el cual aplica eficazmente la obra de Cristo en nuestros corazones, y de esa manera iniciamos una nueva vida espiritual con la naturaleza de Cristo. Una vez que hemos nacido de nuevo comienza nuestra responsabilidad de crecer y desarrollarnos con la misma gracia en la que nacimos. Esto es un proceso de santificación, y transformación que dura toda la vida.

«Cuando recibimos la nueva vida espiritual que Dios nos da de manera gratuita y libre, estamos capacitados para entrar en el reino de los cielos, se nos asegura la victoria en este mundo y la perseverancia, pero en esto debemos mostrarnos activos en la fe como parte de nuestra diligencia y responsabilidades cristianas. Porque, aunque nosotros no hacemos nada para salvarnos, ni hay cosa alguna en nosotros que nos haga merecedores de la vida eterna, Dios si espera que seamos incorruptibles procurando siempre perfeccionarnos en él.»

Nuestra fe debe estar permanentemente en Cristo y su palabra debe orientar nuestra manera de vivir, es la guía que nos lleva por el sendero y nos declara la voluntad de Dios. Pero, además, la palabra de Dios sirve como alimento para nuestro desarrollo y crecimiento saludable en la fe. Es así como en nuestro presente y futuro nuestra vida se irá pareciendo a Cristo, pues cada día se hará más visible en nosotros su naturaleza, y en los actos cotidianos también deberíamos parecernos más a lo bueno que es nuestro Padre celestial.

Esta bendición de vivir por Cristo es eterna, puesto que él es la palabra en nosotros la cual nos hace perdurar eternamente. Cristo murió y resucitó, por su muerte hizo posible nuestro nuevo nacimiento y con su resurrección nos garantiza vivir con Dios para siempre en una relación perfecta y eterna, porque precisamente Cristo venció a satanás y nos libró de la maldición del pecado.

De esta manera quedamos libres del mal, satanás ya no puede acusarnos, ni puede hacernos pecar a tal grado que perdamos la bendición de la vida eterna, ni por el pecado sufriremos como castigo la muerte eterna. Seamos cada día más dóciles ante el reinado de la palabra de Dios en nuestros corazones, para que la naturaleza de Cristo en nosotros sea más manifiesta y disfrutable.

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