Al creer en Cristo somos libres de condenación y recibimos la vida eterna

Cuando recibimos la palabra con fe, recibimos la vida, salimos de la maldición del pecado, y se asegura nuestra resurrección para la gloria eterna. Las palabras de Jesús son que él es el Cristo, el hijo del Dios Altísimo, y que fue enviado para salvarnos. Por eso es por lo que, si creemos y aceptamos en nuestro corazón la palabra, también recibimos por la fe al salvador. Como Cristo sufrió el castigo por nuestros pecados, por él y a través del Espíritu Santo se nos implanta la vida eterna al creer.

«La resurrección de Cristo cuando murió para salvarnos es también nuestra resurrección; primero porque, su resurrección indica un sacrificio perfecto que agradó al Padre y fue suficiente para cubrir nuestra culpa, para ser perdonados y recibidos por Dios. Así que podemos salir de la muerte espiritual cuando confiamos en Cristo y en su obra. En segundo lugar, porque en el día de nuestra muerte no quedaremos en la tumba, y nos levantaremos para vivir con Dios por toda la eternidad, es decir, resucitaremos para salvación y no para condenación.»

Así que, cuando ya hemos nacido de nuevo no tenemos porque temer al juicio final, más bien, debemos gozarnos, porque nuestro llamado ante el gran trono no será para condenación, sino para ser galardonados por la gracia de Cristo en nosotros. Decimos; “la gracia de Cristo en nosotros,” porque siempre debemos vivir agradecidos con Dios, ya que la salvación y la vida eterna en nosotros, es sólo obra suya a través de Cristo, porque no merecíamos que él muriera para salvarnos, y porque la fe para creer es también el convencimiento divino y no la capacidad humana.

Creer en Cristo es creer en el que lo envió, por eso todos aquellos que dicen creer en Dios tendrán una fe genuina cuando reciban a Cristo y su palabra en el corazón, porque todo aquel que dice creer en Dios, pero rechaza al Hijo por quien decidió darnos vida, será condenado, porque “su fe en Dios es falsa”.

Por todo esto, debemos creer en verdad, no sólo ser simpatizantes o religiosos; hay que recibir la palabra creyéndola, y nuestra comunión con Dios debe ser mediante una relación inquebrantable a través de Cristo, por quien decidió unirnos a él para darnos vida, librándonos de la condenación eterna.

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