Todos los días debemos ser fortalecidos y renovados en Dios

Muchas veces el bien que queremos no hacemos, eso muestra la debilidad humana ante el pecado y ante sus propios deseos, es así como requerimos la intervención de Dios con su perdón y su renovación, pero también con su fortaleza para estar firmes y no cansarnos hasta desmayar.

“Dios les da nuevas fuerzas a los débiles y cansados. Los jóvenes se cansan por más fuertes que sean,  pero los que confían en Dios siempre tendrán nuevas fuerzas. Podrán volar como las águilas, podrán caminar sin cansarse y correr sin fatigarse».” Isaías 40:29-31 TLA

El desgaste y el cansancio en el día, día, demandan la presencia de Dios, porque el cansancio no es solo físico, es también hasta desmayar desde el alma. Cuando estamos cansados nos volvemos más lentos y poco productivos, es aquí donde debemos hacer un alto para permitir que el cuerpo y la vida misma recuperen energías en Dios.

Es muy peligroso cuando nuestra agenda es tan demandante, cuando nuestro hacer es lo que más importa y no atendemos nuestro ser para que reciba la gracia de Dios. Debemos aceptar que nuestra fuerza no es suficiente, que nuestras habilidades no es lo único que necesitamos en la vida para estar bien y lograr nuestros propósitos.

Necesitamos la intervención de Dios, porque a través de Él podemos recibir lo que nuestra vida necesita para vivir y desarrollarnos como seres humanos, y además, para que nuestros roles sean ejercidos exitosamente. Si no los hacemos así, corremos el riesgo de no avanzar más, y  es cuando muchas personas pierden el ánimo en todo; vivimos tiempos en los que muchos  matrimonios ya no se pueden sostener, en donde la relación con los hijos está desgastada, etc.

Como seres humanos podemos hacer muchas cosas para tratar de sentirnos mejor, pero si eso no consiste en buscar la fortaleza de Dios, en humillarnos delante de El para que seamos levantados con su fuerza, todo lo demás que podamos hacer, puede que nos ayude un poco, pero no como realmente lo necesita nuestra vida, porque en esa condición de agotamiento, la intervención de Dios, es desde el alma, porque Él nos vivifica y nos llena de su Espíritu Santo.      

Debemos aceptar nuestras debilidades y flaquezas, por eso todos los días hay que estar en la búsqueda de la presencia de Dios mediante una vida de devoción y consagración, pero también, debemos cuidar de hacer las cosas como Dios lo determina, es decir, la vida debe vivirse bajo la norma de Dios, porque el pecado es la transgresión de la ley de Dios y eso no solamente cansa y fatiga, sino que también provoca la muerte.

Así que, debemos decir: «El Señor es mi fuerza y mi escudo; mi corazón en él confía; de él recibo ayuda. Mi corazón salta de alegría, y con cánticos le daré gracias.» Salmos 28:7 NVI

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