Oremos confiando y en intimidad con Dios

Nuestro corazón y actitud deben manifestar una genuina búsqueda de la presencia de Dios con la total certidumbre que sólo él nos puede ayudar. Debemos cuidar que la oración no sea un mero impuso religioso, o la ocasión para vanagloriarnos religiosamente. La vida necesita la presencia de Dios y su respuesta, porque cada una de las necesidades internas y externas sólo pueden ser suplidas por el creador y salvador.

“Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público. Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos. No os hagáis, pues, semejantes a ellos; porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis.” Mateo 6:6-8 RVR1960

La efectiva oración es el resultado de la íntima comunión con Dios, porque esto se da mediante la fe en Cristo, ya que sólo a través de él podemos ser unidos al Padre celestial. Cuando oremos nos busquemos el agrado de las personas, no oremos para ser vistos de los hombres buscando reconocimientos religiosos y buena opinión.

Debemos aceptar la necesidad de buscar el agrado y la respuesta de Dios porque siempre estamos menesterosos de él, y aunque ya conoce todo lo que necesitamos espera la oración como un acto de fe y como parte de nuestros deberes y responsabilidades espirituales.

La oración es estar a solas con Dios, es dejar el mundo a tras reconociendo que el mundo no puede darnos lo que necesitamos, y porque también en la oración podemos escuchar a Dios, ahí llegan a la mente y al corazón todas las promesas por las que podemos pedir. Por esto mismo, la eficacia del clamor no son las palabrerías, sino pedir conforme a lo que Dios quiere darnos, creyendo en Cristo y confiando que por él las promesas de Dios se cumplen.

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