Podemos disfrutar a Dios como nuestro Padre

Así como Jesús llamó a Dios Padre, nosotros podemos hacer lo mismo cuando tenemos al Espíritu Santo, porque por él tenemos el Espíritu de Cristo, y al creer en Cristo recibimos la potestad de ser hijos de Dios. Además de disfrutar la paternidad de Dios en Cristo por la obra eficaz del Espíritu Santo, somos santificados, recibimos lo necesario para nuestro crecimiento espiritual, de tal manera que en nuestro desarrollo nos vamos pareciendo a nuestro Padre celestial en la nueva naturaleza según Cristo.

«Somos hijos de Dios porque nacemos de nuevo en Cristo por la obra del Espíritu Santo, pero también somos hijos por hechos, es decir, nuestras acciones nos identifican como hijos de Dios, ya que estas son acciones como resultado de la gracia divina, por agradecimiento, confianza y obediencia ante el que nos dio la vida eterna, pero también, porque podemos decirle a Dios Papá y buscar en el nuestro sustento, siendo nuestro Padre celestial protector, proveedor y director de nuestra vida.»

Por lo que el Espíritu Santo hace en nuestras vidas, por la obra que Cristo realizó en la cruz para nuestras vidas, podemos tener acceso a la intima comunión con Dios, como la relación que un niño de brazos tiene con su padre, en quien confía y depende totalmente. Esta relación también hace ver la sujeción voluntaria y gozosa de los que reconocen la autoridad de Dios en sus vidas, quienes rinden su voluntad para hacer todas las cosas y ser dirigidos en los propósitos de Dios.

Todos nuestros sentimientos y la reacción de nuestros corazones nos deben empujar a Dios, para clamar por su ayuda cuando estamos en aflicciones, pero nunca debemos desesperarnos, puesto que si Cristo es derramado en nuestros corazones ahí está la fuente del amor de Dios y eso nos basta para vivir bien y cruzar en victoria todos los caminos sombríos y peligrosos.

Podemos buscar en nuestro Padre que todas las necesidades de la vida sean suplidas, porque Jesús también nos enseñó a pedir al Padre en oración, el pan de todos los días. Por lo tanto, disfrutemos en cada instante la paternidad de Dios, seamos agradecidos y honremos su nombre.

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