La muerte y resurrección de Cristo muestran su amor y poder

Nadie obligó o doblego a Cristo para salvarnos, todo lo hizo por puro amor, y siempre realizó todas las cosas de manera perfecta; como fue prometido, y como Dios quiso que sucediera. Cristo en verdad murió y resucitó, jamás la muerte lo sorprendió, porque él mismo la busco, lo cual quedó demostrado cuando también resucitó. Dios aprobó todo lo que Cristo hizo, por eso nunca lo dejó solo, excepto en el momento en el que derramó su ira para que Cristo sufriera el castigo de nuestros pecados.

«Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre.» Juan 10:17-18

El sacrificio de nuestro salvador fue voluntario, aunque desde la eternidad estaba planeada nuestra salvación por el Consejo divino de Dios, y Cristo vino a cumplir con la obra que le correspondía, pero, aun así, él siempre estuvo dispuesto ir a la cruz por nosotros. Cristo nunca perdió el dominio de la muerte, y todas las circunstancias jugaron un papel en lo que estaba anunciado que sucedería conforme a la Biblia.

A pesar de que satanás impulsó a Judas para que traicionara a Jesús, y muchos otros procuraron y pidieron su muerte, esto no eliminó la realidad de que su muerte fue una ofrenda voluntaria y personal para librarnos del poder de satanás, del pecado y de la muerte como maldición.

Cristo entregó su propia vida para que se la quitaran, no le quitaron la vida porque el diablo fuera más fuerte que él, más bien, permitió que lo mataran, y cuando quiso volver a tomar su vida lo hizo, es decir, Cristo murió cuando quiso morir y resucitó cuando así fue determinado.

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