Fuimos reconciliados y unidos por Dios en la sangre de Cristo

La paz de Dios nos alcanzó porque Cristo apaciguó su ira al derramar su sangre para perdón de pecados y como castigo por nuestra culpa ante la ley divina. Era considerado maldito el que muria sentenciado a la cruz, y así fue como también fuimos liberados de la maldición cuando Cristo de manera voluntaria se dejó crucificar.

«por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud, y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz.» Colosenses 1:19-20

No debe quedarnos dudas de que la cruz de Cristo alcanzó la bendición eterna de la salvación, porque él fue determinado por el Padre para ser nuestro perfecto salvador. Dios se reveló, se manifestó al mundo a través de Cristo, porque todas sus palabras y obras son las del Padre y nos dieron a conocer su propósito de reconciliación al quitar el pecado que nos separaba de él.

La salvación del mundo es sólo la obra de Dios, porque al no poder nosotros agradarle, decidió agradarse así mismo mediante Cristo y al no poder nosotros librarnos del poder destructor y mortífero de satanás, le aplastó la cabeza con la cruz de Cristo, pues en ella Cristo cumplió con las demandas de la ley por las que nosotros no pudimos agradar a Dios, porque al pecar contra Dios fuimos destituidos de su gloria y cedimos poder espiritual a satanás sobre nuestras vidas.

Sin embargo, al logar Cristo que Dios el Padre nos declare justos en su sangre, satanás ya no tiene más poder sobre nosotros para mantenernos sujetos a el como siervos del pecado, ya no puede acusarnos, sino que ahora somos constituidos hijos de Dios en una relación eterna de paz.

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