No despreciemos el mensaje de Dios no sea que nos sorprenda su ira

Las normas de Dios para vivir en este mundo hoy no deben ser tenidas como gravosas o como una carga, porque toda nuestra confianza está en Cristo, él es en nosotros, nos concede el gozo de la salvación, las promesas de Dios, su presencia permanente y todas las bendiciones, pero también nos ayuda y nos capacita para corresponder a las exigencias de Dios en su palabra. Cuando conocemos la gracia del evangelio no debemos ver la ley como una carga que nos incomoda, sino la verdad de Dios que nos liberta.

“Oíd palabra de Jehová, hijos de Israel, porque Jehová contiende con los moradores de la tierra; porque no hay verdad, ni misericordia, ni conocimiento de Dios en la tierra. Perjurar, mentir, matar, hurtar y adulterar prevalecen, y homicidio tras homicidio se suceden. Por lo cual se enlutará la tierra, y se extenuará todo morador de ella, con las bestias del campo y las aves del cielo; y aun los peces del mar morirán.” Oseas 4:1-3 RVR1960

Dios siempre demandará lo que pide, al mundo lo juzgará Cristo en el día fina, y hoy Dios también manifiesta su ira y sus juicios, pero no aparta su misericordia, puesto que a todos nos da la oportunidad del arrepentimiento. Dios no usa sus manifestaciones de ira para destrucción eterna, sino como advertencias, amonestación y como un llamado al arrepentimiento. La soberbia de la humanidad es resistida por Dios, pero aun así Dios nos da a conocer el evangelio de la gracia, para que conozcamos el amor de Dios y aceptemos con humildad el ofrecimiento de la de la salvación y de la vida eterna.

Todo desconocimiento sobre Dios da lugar a la mentira de satanás, porque un corazón que carece la verdad de Dios siempre estará bajo la influencia del maligno, y conforme a lo que hay en el corazón vivimos. Por esto es por lo que, hoy debemos prestar atención a Dios, en arrepentimiento debemos humillarnos, porque, aunque ciertamente Dios es lento para la ira, no pasará por alto nuestras maldades. Pero también debemos actuar con sometimiento a Dios confiando que nos ayudará a vivir honrándolo siempre, porque incluso, todas las demandas de Dios son para nuestro bien.

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