Nuestra salvación siempre estuvo en la mente y en el corazón de Dios, ni nuestro peor pecado o las cantidades de nuestros males hicieron que Dios renunciara a su buen propósito, porque precisamente el amor de su corazón en donde siempre estuvimos presentes fue derramado sobre nosotros en la cruz del calvario, cuando Cristo como enviado de Dios y por decisión voluntaria entregó su vida por la nuestra.
“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él,” Efesios 1:3-4
“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él,” Efesios 1:3-4
El sacrificio de Cristo es suficiente para que Dios nos reciba, nos relacionemos con él, le agrademos y seamos transformados tal y como ha decidido y planeado perfeccionar a su iglesia. No existe la mínima posibilidad de que Dios no cumpla lo que ha decretado y planeado, y el evangelio no falla en este propósito, por eso, debemos tener plena certeza de la salvación del pueblo de Dios, de su perseverancia y de la reunión gloriosa que tendremos con Dios cara a cara cuando complete la obra que ha comenzado.Estando en la peor pobreza Dios nos hizo rico y nos hará aún más ricos con los tesoros del cielo, viviendo estábamos en maldición y nos acercó y aseguró todas las bendiciones a través de Cristo, también nos sacó de la condición más baja, para ponernos en el lugar más alto para que disfrutemos de él plenamente. Por esto es por lo que, toda nuestra vida debe hablar bien de Dios, debemos en todo acto honrar su nombre y que la decisión y anhelo de nuestro corazón sea vivir para su gloria disfrutando de su gracia, mientras vamos siendo santificados y transformados.