Dios conoce lo falso o lo sincero de nuestro corazón

La adoración sincera es el resultado de una verdadera relación con Dios y no de una simple religión.

Ser ignorantes de la verdad hace que las personas no se consagren a Dios, porque aunque tengan una religión y hagan cosas propias de una religión, no es igual a vivir verdaderamente bajo el temor de Dios, siempre prestos para servirle como es digno que se sirva al Creador y salvador del mundo.

El esfuerzo por hacer cosas “cristianas” puede ser mucho, incluso, se puede pertenecer a algún grupo religioso, pero eso tampoco será capaz de cambiar el concepto negativo que tiene Dios, de quienes le sirven de labios mientras que sus corazones están entregados a los placeres de la vida, que deshonran su nombre.

Tal vez muchos se sorprendan, porque naturalmente les brote el deseo de hacer “cosas buenas” o de cumplir con exigencias religiosas, pero eso no le debe sorprender a nadie, porque todos traemos en nosotros la semilla de la religión.

Lo que debe sorprendernos y convencernos, es el operar de la gracia de Dios, porque todos los días Dios busca transformarnos desde la profundidad de nuestro corazón, para adorarlo como es debido, para sujetarnos a Él en obediencia y con entrega total, de tal manera que día a día seamos diferentes y mejores personas.

El que adora a Dios de corazón, es que te tiene un corazón bajo el impulso del Espíritu Santo, para ser un corazón santificado, y no alguien con falsa piedad o meras actitudes religiosas. Un corazón en santificación, es el que se dispone a dejar la gloria de este mundo, el que encuentra placer en honrar a Dios y no a las prácticas pecaminosas de la carne.

No vacilemos más solamente con una vida religiosa, mejor doblemos hoy nuestras rodillas delante de Dios, confesémosle que le hemos fallado, pidámosle que nos llene de sus Espíritu Santo, y que desde el corazón nos cambie, para que ahora sí, desde lo profundo de nuestro ser, nos desbordemos en alabazas para Él, quien es digno de adoración sincera.

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