La única forma para cuidarnos del pecado es consagrándonos a Dios permanentemente

No permitamos que el maligno nos vuelva a dominar con el pecado, porque siendo su propósito la destrucción de nuestras vidas, procurará que practiquemos el pecado para afectar nuestra fe y así apartarnos de Dios, ya que lejos de Dios sólo hay miseria y dolor.

Perseverar en la fe y en la comunión con Dios es lo principal que debemos atender y atesorar, descuidarnos en esto que es fundamental para nuestra vida aquí y en el futuro, es muy lamentable, aunque nuestros descuidos suelen ser en esta área, ya que precisamente, toda nuestra vida debe girar en torno a practicar la voluntad de Dios, buscando siempre glorificarlo y honrarlo con nuestros hechos.

La santificación debe ser nuestro mayor anhelo, y la transformación del viejo hombre a una nueva criatura debe ser nuestra ocupación permanente, porque en todo debemos ser conscientes y consistente que lo que practicamos en la vida diaria nos ayuda o nos perjudica en nuestra madurez cristiana. Pero también, a la medida de nuestro crecimiento cristiano nuestra conducta será mejor, y los frutos cristianos abundantes y, nuestra firmeza en el Señor se harán evidentes.

Es muy triste y lamentable cuando después de haber logrado un cambio a través de Cristo, cuando después de servirle con amor, el pecado vuelve a tomar lugar en la vida, haciendo retroceder al creyente poco a poco, hasta colocarlo de nuevo en el dolor y en la miseria, esclavo de la práctica pecaminosa y olvidándose por completo de la vida que le servía a Dios y que disfrutaba de su presencia.

Es seguro que si no somos esforzados en la gracia de Dios, si todos los días no tenemos una vida de comunión y devoción con él, el pecado se abrirá camino hacia nuestro corazón, hasta lograr que dejemos de sentir dolor y culpa por nuestras prácticas pecaminosas, y cuando esto sea así,  estaremos acabados, y más cuando incluso, continuamos teniendo prácticas religiosas, pero ya sin el temor, y sin la fe en Dios.

Pidamos a Dios que nos ayude a no actuar con un estilo de vida que le ofenda, porque todo lo que le ofende nos afecta, y todo lo que le glorifica nos edifica y, es así cuando podemos disfrutar nuestro presente, y cuando las promesas de la gloria futura se hacen presentes, y las abrazamos para vivir agradecidos con Dios y siempre bendecidos por él, creciendo en su nombre y dando frutos dignos de ser sus hijos. No permitamos que el pecado vuelva a tomar el control de nuestras vidas, procuremos estar siempre alertas y constantes en la relación con Dios, usando todos los medios que él nos ha dado para crecer por su gracia.

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