Tenemos el sello de Dios

No debe caber ni la mínima duda en nuestro corazón de nuestra unión con Cristo, esta unión es la también con el Padre y con el Espíritu Santo, lo cual representa la salvación de nuestra vida y el bienestar en este tiempo, hasta que se cumpla el día en el que Cristo vendrá por su pueblo para llevarnos con él y vivir por siempre en el cielo nuevo y en la tierra nueva.

“Gracias a Cristo, también ustedes que oyeron el mensaje de la verdad, la buena noticia de su salvación, y abrazaron la fe, fueron sellados como propiedad de Dios con el Espíritu Santo que él había prometido.” Efesios 1:13 DHH

Hoy podemos disfrutar del amor del Padre celestial, de la gracia de Cristo y del consuelo del Espíritu Santo. Dicho de otra manera, debemos tener la certeza de que el Padre cumple sus decretos eternos en nuestra vida, que los méritos de Cristo nos alcanza para que con su gracia podamos estar siempre firmes, pues el Espíritu Santo también nos aplica la obra de Cristo para santificarnos y para hacernos perseverar.

Todo esto es el resultado de haber escuchado el mensaje del evangelio y el haberlo recibido por la fe, y claro está, toda la gloria por estos resultados es de Dios, pues por su infinito amor nos fue presentado el evangelio y nos fue implantada la fe necesaria para responder de manera positiva.

El evangelio, se le llama el mensaje de la verdad porque revela la verdadera condición del hombre, proclama y defiende la única forma de escapar, y amonesta a los pecadores que ya han sido salvos para que demuestren gratitud verdadera en todos los aspectos de sus vidas. Es, por tanto, “el evangelio de vuestra salvación”, no en el sentido de que en y por sí mismo salva a cualquiera, sino que cuando es aceptado con fe verdadera en Cristo, sus buenas nuevas de gran gozo llegan a ser “poder de Dios para salvación”.

El Espíritu Santo, que fue prometido por Jesús es la garantía de nuestra salvación, porque nos es dado como un sello de que somos hijos de Dios, a la vez, que por él nos es implantada la fe y son abiertos nuestros oídos y el corazón para escuchar y recibir el evangelio, pero además, como ya lo hemos dicho, nos santifica y nos hace perseverar esperando la manifestación gloriosa de nuestro salvador Jesús en su segunda venida.

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