Cristo es nuestra esperanza eterna

Por la gracia de Dios en Cristo podemos vivir hoy con la esperanza de una vida gloriosa cuando aquí terminen nuestros días. Por esta gracia Dios nos consagra para su gloria, y nos transforma cada día conforme a su voluntad y de acuerdo con su plan maravilloso de salvación.

“No hay en nosotros ninguna virtud por la que Dios deba aceptarnos como sus hijos, no hay obra en nosotros por la que Dios nos reserve para la gloria eterna cuando Cristo venga por su iglesia, sin embargo, nos prepara para ese gran día.”

Lo que esperamos lo disfrutamos ya ahora, aunque esperamos la consumación en cuanto a la manifestación de Cristo en nuestra vida y del gozo que nos dará completo. Nuestro tiempo aquí en esta vida es alegre a pesar de las tribulaciones, porque la esperanza nos anima y nos permite las primicias de la calidad de vida unidos a Dios por siempre. La presencia de Cristo en nuestra vida la vivimos en la comunión espiritual con él, aunque en su segunda venida, su manifestación será visible por el poder y la gloria con que vendrá por nosotros.

Dios nos ayuda a esperar pacientes y en los trances difíciles de la vida nos provee lo necesario para que no desmayemos, para que sigamos esperando con paciencia que se cumpla la gran promesa de Cristo. Esta espera resulta para nosotros lo más importante, incluso por sobre la vida misma aquí en este mundo, porque nuestra mirada siempre está hacia arriba a donde está Cristo sentado a la diestra de nuestro Padre celestial.

Hoy debemos ejercitarnos en esta esperanza mediante una vida de agradecimiento, de oración, adoración y proclamación, ya que esperar esta posesión adquirida es solo por gracia y por las bondades de nuestro Dios en Cristo. Cristo es el fundamento de nuestra esperanza, es el autor de nuestra esperanza, a la vez que él es el objetivo principal de nuestra esperanza, pues nuestro mayor anhelo es estar con el por siempre en la eternidad.

Compartir