Dios se goza cuando nos sacrificamos para hacer bien

Nuestro amor al Señor siempre permitirá que disfrutemos sus bendiciones, porque precisamente, si no nos amara primero, no podríamos amarlo, y es que por el amor de Dios podemos disfrutar la vida eterna y todas sus bendiciones que emanan de tener todos los derechos de hijos, al darnos la potestad de ser sus hijos a través de Cristo. Pero nuestro amor por Dios se refleja en el amor que manifestamos de manera práctica en la vida nuestro semejante.

“Vivir en Cristo para hacer el bien es nuestra esencia, por eso es por lo que no solamente evitamos hacer daño, sino que también procuramos lo bueno. El ejercicio espiritual para amar a Dios nos capacita para amar a nuestro semejante de manera integral, es decir, en todo lo que concierne a su bien.”

La práctica de la fe en comunidad nos ayuda y nos hace conscientes de la mutua edificación espiritual y del cuidado que debemos prestarles a nuestros hermanos en sus necesidades físicas. Cuando somos capaces de sacrificarnos por amor estamos expresando la acción más grande de Dios por nosotros, pues su entrega para salvarnos fue total, no se reservó nada para así, sino que nos dio a su unigénito Hijo, y por medio de él nos hace disfrutar su amor paternal. Por esto mismo, Dios no se goza cuando damos lo que nos sobra o no queremos, sino cuando manifestamos acciones sacrificiales.

Siempre existirá un paralelo entre la comunión con Dios y la comunión con nuestro prójimo, entre el amor a Dios y a nuestros hermanos. Incluso, el amor por todas las personas es el testimonio y/o indicador del amor a Dios. Ser instrumentos de Dios para ayudar siempre será un privilegio, una bendición y un medio para que seamos bendecidos, ya que es mejor dar que recibir, y porque dando es como se reciben las abundantes bondades divinas. Hagamos memoria de nuestros deberes cristianos, porque en esencia, todos nuestros deberes son verticales y horizontales, es decir, para glorificar a Dios y edificar a nuestro prójimo.

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