Sólo por la gracia de Dios

El crédito y toda la gloria por nuestra salvación le corresponden a Dios, incluso, todo lo vivido y recibido en lo cotidiano como parte de esta vida le corresponde a Dios. En Cristo Dios nos ha dado a conocer su amor y el propósito para que disfrutemos de él para siempre. Todas las cosas que podamos lograr en la senda de la fe y nuestro crecimiento cristiano no nos deben hacer vanagloriarnos, ni creernos mejores que otros, ya que sin la gracia de Dios nada es posible por nuestra mera fuerza.

“Pero por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo.” 1 Corintios 15:10

El arrepentimiento, perdón, santificación y todos los dones que recibimos por los méritos de Cristo en la cruz, es precisamente, obra de la gracia de Dios, lo cual Dios realizó libre mente, solo por su amor, pues no vio algo bueno en nosotros que nos hiciera merecedores de sus favores, ni tampoco le motivamos bendecirnos por nuestras buenas acciones.

Por esta misma gracia nada de lo que Dios se dispone a darnos puede ser cancelado por nosotros, es decir, la gracia de Dios es irresistible, pero tampoco significa esto que seamos manipulados, por el contrario, somos convencidos por la fe, la cual también es un regalo de Dios.

La gracia se recibe por la misma gracia, con la que somos salvados, pero también cambiados. Aquí es donde debe fluir nuestra responsabilidad, a partir de ser salvos, comprendiendo la necesidad del cambio, pero aun este logro le corresponde a Dios, ya que nada de esto sucede fuera de su provisión divina mediante su gracia.

Aun nuestro corresponder a Dios en alabanza y servicio es producto de su amor, porque no podríamos hacerlo sin su ayuda, además, perfecciona lo imperfecto de nuestras obras, y se glorifica con lo que hacemos porque así lo determina. Los frutos de nuestro servicio y la eficacia de ello demandan reconocimiento a Dios, porque, aunque nosotros hacemos las cosas, Dios es el que produce el querer como el hacer y el que obra a través de nosotros. Por eso, lo que somos y hacemos, demuestra la gracia de Dios y que su obra es perfecta.

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