Hablemos glorificando a Dios y edificando a nuestro prójimo

No por hablar mucho somos sabios, no por hablar más tendremos razón o lograremos convencer con nuestras palabras. Debemos buscar que todas nuestras palabras sean sazonadas por el Espíritu Santo, y que también nos ayude para que ante el dialogo seamos humildes, para que en lugar de que imperen nuestras palabras y razonamientos, lo que se manifieste sea un espíritu de paz y de amor.

«La actitud es muy importante, porque, aunque tengamos conocimiento para hablar, un buen comportamiento será de apoyo para que edifiquemos, pero si somos sabios al hablar, pero necios en nuestro actuar, seguramente la actitud no dejará oír lo que queremos comunicar y, de todas maneras, nos seremos de bendición, no edificaremos, y deshonraremos el nombre de Dios al pecar.»

Cuando somos lentos para hablar y pronto para oír nos queda tiempo para pensar lo que diremos y para medir el efecto de nuestro conocimiento y palabras. Una palabra sazonada es la que se medita con el tiempo necesario, la que se adorna con el timbre de nuestra voz, con los gestos correctos y con la intención de hacer bien a los oyentes.

Con la ayuda de Dios tenemos que ir incluso más allá de nuestras palabras y de nuestra actitud, debemos prestarle atención a nuestro corazón, porque en el corazón están las intenciones y toda palabra que brote de allí será conforme a nuestra condición espiritual. Démosle cabida a Cristo en el corazón, que su palabra gobierne nuestra vida y que sea la fuente de nuestras palabras, y así a la hora de hablar comunicaremos con paciencia, conocimiento, glorificaremos y edificaremos.

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