Los obedientes son protegidos de las enfermedades

El ser humano en la condición de pecador no tiene la posibilidad de obedecer a Dios, porque la obediencia debe ser total o no es obediencia. Aun cuando uno pueda lograr obedecer en unas cosas, no puede en otras, y así es como depender de nuestra justicia nos hace vivir en un círculo vicioso, es vez de una vida virtuosa al confiar en Cristo.

 «Mientras intentamos ser buenos en unas áreas de nuestras vidas, el pecado nos corroe en otras. Así que, todo lo bueno que llega de Dios y que nos permite disfrutar del vivir, es sólo por gracia, es decir, por el favor divino que no merecemos, ni logramos conseguir mediante obras humanas, sino por la fe.»

Obedecer a Dios será siempre nuestra tarea en esta vida, debe ser nuestro anhelo y en ello hay que estar dedicados, pero no puede haber obediencia si antes no hay confianza en Cristo. La obediencia que nos salva es la de Cristo, no la nuestra, pero en la obediencia de Cristo aprendemos obediencia, somos capacitados para obedecer y aunque no lograremos perfecta obediencia ahora, un día seremos perfeccionados y así, la obediencia será perfecta.

Las enfermedades siempre existirán en este mundo y en el cuerpo, a pesar de la promesa de la protección de Dios y de la sanidad. La promesa de la protección de Dios, y también de la sanidad nos impulsan a obedecer la Palabra de Dios, nos incentivan a glorificar a Dios con la forma de vida que vivimos todos los días, y nos llenan el corazón de esperanza, ya que un día se acabarán nuestros llantos y lamentos.

Las promesas de Dios y sus mandamientos nos ayudan a entender nuestra pobre condición y nos hacen ver la necesidad que hay en nuestra vida de la gracia de Dios por medio de Cristo. Confiamos que un día nuestro cuerpo será glorioso; incorruptible e inmortal, por ahora, hay que seguir recibiendo las bondades de Dios, confiando y esforzados en aprender obediencia mientras perseveramos en Cristo.

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