La sabiduría humana no es suficiente creer en Cristo

Seguramente, usted, como yo, ha escuchado muchas veces decir a alguien que le es imposible evangelizar. Se excusa porque ni siquiera tiene idea de cómo empezar y qué palabras debe usar. Escuché una predicación que me hizo pensar muy seriamente en esto. Por supuesto que nosotros no vamos a encontrar las palabras ni la oportunidad para hacerlo, porque la predicación no es solamente cosa de nosotros, por muy buenos cristianos que consideremos que somos. Las palabras, el momento y los resultados son de Dios a través del Espíritu Santo.

«La eficacia de la predicación es por la obra del Espíritu Santo, y si nosotros, aun con las mejores intenciones, formulamos planes propios para transmitir a otros las verdades eternas del evangelio, es natural que no encontremos las palabras adecuadas, ni logremos los resultados esperados.»

Jamás debemos olvidar lo que el Señor Jesús indicó a sus discípulos antes de que fuera “alzado y recibido por una nube que le ocultó de sus ojos”: “pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.” (Hechos 1:8). Esto significa que nuestra vida debe estar en constante contacto con el Espíritu Santo para que él sea el que nos indique cómo, a quién y en qué momento hemos de transmitir ese bendito mensaje.

¿Qué ocurre cuando no se hace así? Pues vamos a hablar utilizando muchas palabras, muchos razonamientos y multitud de ejemplos. Todo eso, a lo mejor deja admirado a nuestro oyente, pero sólo eso, porque no vendrá el convencimiento ni el arrepentimiento. En otro caso, el que escucha, puede llegar a decir, que todo lo que ha recibido es absolutamente razonable y realmente interesante, pero sólo eso.

A lo mejor otras personas que escuchan un mensaje meramente personal y motivacional, creen que deben hacer caso a esas palabras, pues han tocado sus sentimientos. En este caso, nos podemos llegar a sentir muy satisfecho porque nuestro conocido, amigo o pariente comienza a asistir al templo, acepta con gusto nuestras visitas y lee la Biblia con nosotros. Pero después de un tiempo se enfría y no le volvemos a ver. ¿Qué paso? Sencillamente que esa persona estaba conmovida, pero no convertida a Cristo por la fe ni arrepentida de sus pecados.

Convertido significa cambiado por completo; transformado por la gracia del Señor con el poder del Espíritu Santo. No nos equivoquemos. Dependamos del Espíritu Santo, busquemos la voluntad de Dios y su sabiduría divina para hablar correctamente Su Palabra, para no tratar de conmover con palabras humanas, sino con el sabio y poderoso evangelio, para que así los oyentes se conviertan a Cristo, reciban el perdón de pecados y la vida eterna.

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