Creamos en Cristo y confesemos su señorío para ser salvos

El que cree que Cristo resucitó conoce el evangelio, sabe el propósito de la muerte de Cristo y que su sacrificio es suficiente y eficaz. El que puede confesar con sinceridad que Cristo es Señor, es porque cree verdaderamente, ya que de lo que hay en el corazón de eso habla la boca. Si para nosotros Cristo en verdad es el Señor, nuestra vida debe responderle a él con humildad, sometimiento y servicio total.

«La fe en Cristo se hace evidente con una vida de gozo por la salvación y con la fe práctica de acuerdo con el evangelio. La vida en Cristo es una vida de honra, de servicio y de testimonio, porque debemos cumplir con el deseo de Cristo de que seamos testigos hasta lo último de la tierra, que toda lengua confiese que él es el Señor y para que de esa manera sean salvos.»

Cristo nos salva del pecado, de la maldición por el pecado y del poder de satanás. Nuestra vida de confesión nos permite recordar siempre la muerte de Cristo y que él consumó todo para que nuestra salvación sea eterna, pero también el recordar su resurrección nos debe dar seguridad de que todos los días podemos enfrentar a satanás en victoria y que lo único que queda de la muerte es su sombra, la cual no nos puede atemorizar porque Cristo quien la venció nos acompaña siempre.

Queda revelado que la salvación no es por obras nuestras, sino por la confianza en la obra de Cristo, es decir, cuando confiamos que su muerte es el medio para nuestra salvación y que con su resurrección Dios manifiesta su exaltación por llevar a cabo perfectamente la consumación de nuestra salvación. Cristo en su persona, palabra y obra demostró la perfección que se necesitó para rescatarnos de la vil condición espiritual. Así que cuando confesamos a Cristo creyendo en él recibimos la salvación porque aceptamos con toda seguridad que solamente por él Dios nos recibe, nos perdona y nos da la bendición de la salvación.

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