Le pertenecemos a Dios y siempre estará con nosotros.

Dios es nuestro Creador y debemos reconocer esto con nuestra manera de vivir, pues en realidad hay que estar sometidos a Dios, depender de él y hacer todas las cosas para glorificar su nombre. Es claro que, al estar la humanidad en depravación total por la naturaleza pecaminosa heredada de Adán y de Eva, es imposible que las personas reconozcan por sí solas al Dios creador y proveedor. Por esta situación humana las cosas no están bien en el mundo, porque si no se vive conforme al diseño de Dios nada puede funcionar correctamente.

“Ahora, así dice Jehová, Creador tuyo, oh Jacob, y Formador tuyo, oh Israel: No temas, porque yo te redimí; te puse nombre, mío eres tú.” Isaías 43:1

Dios en su infinita misericordia planeó liberar al ser humano de esa condición espiritual de miseria y de muerte, por eso nos dio a Cristo, nuestro único y suficiente Redentor; Cristo vino para liberarnos de nuestros pecados, llevándolos todos a la cruz y muriendo para sufrir por nuestra culpa. Satanás ata a las personas por la naturaleza pecaminosa, pues nadie puede hacer lo contrario, sino solo pecar, toda vez que el corazón va de continuo hacia el mal y satanás es el tentador.

Cristo logró que seamos perdonados, que nuestra culpa sea quitada y que nuestra naturaleza pecaminosa sea cambiada. Por medio del sacrificio de Cristo logramos recuperar la imagen de Dios, que se perdió por el pecado, así es como volvemos a la comunión espiritual con Dios. Hoy no debemos tenerle miedo a Dios si ya estamos en Cristo, ni tampoco debemos tener miedo ante las adversidades de esta vida, porque Dios está con nosotros para favorecernos por medio de Cristo.

Aprendamos a confiar en Dios, a creer que camina con nosotros y que todas sus promesas son fieles y verdaderas. Si ya hemos creído en Cristo, y por él ya hemos recibido la salvación, esta es la evidencia de que nunca nos faltarán los favores de Dios, pues la salvación que tenemos no es porque la merezcamos, sino porque Dios quiso compartirnos de su gracia; de ese favor que no merecíamos, pero que sí lo necesitábamos. Dios ha decretado bendecirnos y eso no cambiará, ya que eso lo pactó con nosotros a través de Cristo, quien consumó todo para que esas bendiciones nos alcancen. Por todo esto podemos decir; que en Cristo le pertenecemos a Dios y siempre estará con nosotros.  

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